A una jaula forjada a fuego
en el averno
me encontré, encadenada
en mitad
del desconcierto y la nada.
Moscas volantes
frente a mi rostro, desfilando
con frenéticos movimientos,
me revelaron planes inquietantes
acerca de mi destierro.
Una túnica de gasa azul
cubrió mi cuerpo
y mis cabellos trenzados
formaron una corona de flores
hecha de lirios y crisantemos.
Mis pies desnudos
colgando de los barrotes
de hierro y el abismo abriéndose
por debajo de ellos.
Las moscas se elevaron sobre la jaula
y sosteniéndola como quien toma una pluma
me hicieron descender hasta la boca
de la lava poniendo sobre mis manos
las llaves prohibidas,
las llaves malditas
que abren puertas
que esconden sórdidos secretos,
infamias que no deben ser desveladas,
turbias escenas de sacrificios
horrendos y malévolos.
Soy la emperatriz del esperpento,
a punto de cruzar la puerta
que me lleva al otro lado, para tomar contacto con lo oscuro,
lo indeseable.
La curiosidad hace brotar mi imaginación,
me atrae como un imán, como las moscas
a la miel.
La llave prohibida me habla, su poder
es inmenso, milenios esperando la mano
que la tome para abrir las puertas secretas,
aquellas que ningún mortal ha pisado
y tendré yo tal privilegio.
Traspasaré la puerta
y sé que no regresaré, permaneceré allí
encantada, atrapada por su influjo,
descubriendo los misterios vedados para el resto
y que solo yo podré conocer, llevándolos conmigo
a través del espacio y el tiempo.
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