Fue en septiembre,
como todos los años
las cartas
llegaron con retraso.
El remitente:
un hombre paciente
de barbas alargadas,
blancas y espesas,
manos arrugadas
y un mohín
en la comisura de la boca.
En su mirada
se reflejaban bosques
poblados de castaños;
otoños luminosos
con el traje recién lavado
de los domingos,
esperando al pie
de las escaleras
de la casona vieja
de doña amparo
una carta
del amor añorado
desde la infancia.
Como todos los años
guardó la respuesta
en el bolsillo de su chaqueta
imaginando las palabras tiernas
de un amor cultivado con mimo
en su memoria.