Mis manos sangran
cuando la veo tendida
sobre la escarcha.
Sangran y mienten;
mienten aliviadas
por haber dado muerte
a esa sombra mezquina
que a susurros me mataba.
Sangran por deber,
por desmesurada prudencia,
por miedo a ser descubiertas
sintiendo alivio
en vez de pena.