En la calle
veo los cuerpos flotantes
de los viandantes.
Tristes, lánguidos,
atenazados por la duda
y el miedo desbocado,
caminan vacíos de sueños
con el corazón arrancado,
hecho harapos
y piedras en los zapatos.
Conectarse con el otro,
empatizar con su dolor,
es un pecado
castigado con el destierro.