Nuestros ojos
se acostumbran
a la barbarie,
a las balas cruzadas,
al campo de batalla.
Espectadores pasivos
de guerras televisadas
como quien ve un telefilm
en una tarde de domingo.
Normalizamos la tragedia,
se ve muy distinta
desde la comodidad
de nuestro hogar.
Habitantes
del primer mundo,
depositarios de un sillón
con vistas al horror
más nauseabundo.
Y allí nos quedamos
con la retina quemada
de tanto mirar
y el corazón encogido
sin poder hacer nada
como espectadores
de un mundo brutal
que se rompe en pedazos.