Las
casas viejas,
los
muebles envejecidos
con
olor a cuero
e
incienso, todo cubierto
por
sábanas de la infancia,
las
mismas
con
las que jugábamos
a
construir cabañas.
Las
fotos centenarias
de
nuestros ancestros
apiladas
en latas de galletas;
la
brújula que utilizábamos
en
nuestros viajes por el mundo
volando
en una caja de cartón
escondida
en el fondo de un armario.
Las
colecciones de libros
formando
torres fortificadas,
las
enciclopedias escolares
con
dibujos de monigotes
en
su interior y las hojas
de
olores que intercambiábamos
en
el patio del colegio.
Un
universo complejo
inundado
por la nostalgia,
donde
resuena el eco
de
viejas batallas libradas
entre
muñecas de trapo
y
soldados de plástico
con
espadas de madera.