La cara teñida de espanto
con la sangre del martirizado.
El vencedor aplasta
con sus botas de acero
y sella con cremallera
de hierro la boca del desdichado.
Sus labios inmóviles;
su rostro perturbado;
su cuerpo arrebatado,
profanado por la metralla.
La gloria para el vencedor
cimentada sobre la destrucción
y la condena al ostracismo
de los vencidos.
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