La tierra mojada
me llega hasta los tobillos;
siento frío, me estremezco;
quisiera gritar pero mi boca
sellada, provista de cremalleras
sin cierre, no permite a los sonidos
derramarse desde mi garganta.
Quizás la tierra desee venganza,
la pisé demasiadas veces
sin quitarme los zapatos.
Ahora que mis pies
lucen su desnudez
soy vulnerable
a su revancha, probablemente
justa y oportuna, porque la tierra
me lo dio todo, todo lo malo,
todo lo bueno
y todo lo suyo; lo absurdo,
lo más esencial, todo
lo que supo darme
y yo le devolví tan poco,
apenas unas migajas
en comparación
con lo que recibí de ella.