Las orugas no mienten,
rudas escaladoras
se meten entre mis dientes.
Les doy jarabe de aguardiente
entre semana
y un vestido verde limón
para que vengan a verme.
Las orugas no saben bailar,
cuando suena alto el gramófono
se echan a suspirar.
Al llegar la noche tienen frío,
muy comedida las tapo
con una mantita tejida
con un ovillo verde olivo.
Las orugas duermen
en una caja de cerillas,
su sueño liviano
despierta a los ratones
que viven en el armario.
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