Las casas vacías
no saben llorar.
Mis dientes se queman
aunque el fuego
está apagado.
Aristas. Heridas
sin nombre
en las paredes
del hogar.
Las casas vacías
no saben llorar.
Mis dientes se queman
aunque el fuego
está apagado.
Aristas. Heridas
sin nombre
en las paredes
del hogar.
Lupanar de flores.
Una casa con tejado de papel
y ventanas de colores.
Una mujer de cabello blanco
y tez rosada
seca sus enaguas
en el patio de la casa.
Su carne generosa,
recién amada
se vuelve translúcida
con la primera luz de la mañana.
En la puerta
las zuecas de madera
se amontonan en los rincones.
Los pies de tobillos gordinflones
se adentran en la cocina
olfateando el olor del pan
y el murmullo
de la leche recién hervida
se cuela
por el túnel de sus oídos
dando paso a la orquesta
del desayuno.
El mirlo
vuela espantado,
su plumaje ha cambiado
ya no es blanco ni negro
se ha teñido
de un rojo encarnado.
No encuentra consuelo
en el nido vacío;
lo han apartado,
no puede volar con los demás;
ya no pertenece a ningún lugar.
Asustado, confundido,
emprende el vuelo en solitario;
quizás mas allá de los bosques
que le han visto nacer
encuentre un nuevo hogar.
La luz que ilumina las mañanas es la misma para todos, pero nunca será dos veces igual para nosotros. Pre-implantes de un futuro sobreactu...