Bajo la sombra de un naranjo
me tumbé una tarde de verano,
con mis chanclas violetas
y mi vestido de los domingos.
Cerré los ojos y agudicé el oído
para sentir el lenguaje de la naturaleza
serpenteando por mis piernas.
Del árbol cayó una naranja madura
para darme de comer,
al exprimirla su zumo corrió como río por mis labios volviendo
anaranjados los volantes de mi vestido
y humedeciendo mis rodillas.
Bajo la sombra del naranjo
aquella cálida tarde me tumbé,
para abrazar la hierba
y dormir sobre ella hasta el atardecer.