Montes regados de moras negras;
negras como el alquitrán
y negras como la tierra quemada.
El monte aúlla en el cenit
de su oscuridad, las manadas
huyen espantadas
por los gigantescos monstruos
que escupen furiosos
sus llamaradas
en todas direcciones.
La tierra una vez fecunda,
es hoy un monte maldito,
estéril, donde perecen
sus criaturas, sus hijos;
los hijos del monte
despedazados
por indolentes jaurías humanas.
Montes,
bendición sagrada de la tierra;
proteged a los vuestros
y a vuestras riquezas
de las manos impías
de aquellos que os cubren
de carbón y llanto.