Tengo un esperpento
en la cara; es un sátiro
gordinflón
que me come los mofletes.
Se cuela en las cuencas
de mis ojos
y los vuelve del revés.
No sé qué hacer con él.
Si le pido que se vaya
hace nudos en mi garganta
y se ancla fuerte a ellos
para no abandonarme;
si le pido que se quede
por mil años lo padeceré.
No sé que hacer con él.
Sus uñas
como pequeñas tenazas
pellizcan mi estómago;
con sus diminutos
y peludos pies
me provoca cosquillas
desternillantes
y estallo en carcajadas
hasta desinflarme
como un globo gigante.
Este esperpento
es una calamidad,
una necesidad
y una parte de mí.
Qué le vamos a hacer,
no puedo vivir sin él.
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