Cuando nos despedimos
estábamos los tres
al borde del abismo.
Mis pensamientos
volaban livianos
como las cometas
de los niños; mis manos
desobedeciendo mis órdenes
buscaban sin descanso
un punto de apoyo.
Descendimos varios metros
donde no se ve el fondo
reconociéndonos en la oscuridad
por el eco de nuestras voces.
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