Estaba solo en la habitación de los espejos azules, esos que tanto miedo le daban cuando era niño, pues en ellos podía ver reflejados a los monstruos de sus pesadillas. En cada nueva visión los monstruos cambiaban de forma e incluso le invitaban a cruzar con ellos al otro lado. Mientras caminaba con la mirada fija en el suelo se percató de la presencia de una sombra que le perseguía sin descanso y se elevaba por encima de él cada vez que alzaba la vista.
Los murmullos y las risas se multiplicaban en el mundo de los espejos y en sus hombros podía sentir el peso de unas manos frías como la escarcha que lo empujaban hacia delante obligándole a enfrentarse a sus demonios interiores. Se sentía atrapado en todos los sentidos, como si unos grilletes le oprimiesen las manos y los pies y una cremallera le cerrase la boca; miró su imagen en el espejo y ésta le devolvió una sonrisa mientras su rostro se deformaba convirtiéndose en una caricatura grotesca. Y entonces lo comprendió todo,- la furia que sentía- pudo experimentar un desgarramiento total y corriendo hacia el espejo atravesó el cristal para no regresar jamás.