Frágil,
envuelta en llamas
así despierta María
cada mañana.
Le pesan los pies,
le sobran los años;
cien veces consumida,
cien veces renacida.
Le pesa la mecha
todavía viva
de una vela
que se apaga
a su pesar
convirtiendo en cicatrices
los años, cien años
habitando un cuerpo
cansado de la costumbre
y los recuerdos
que pesan casi más
que los años.
María se peina las arrugas
frente al espejo
reconociendo un rostro lejano
que le devuelve una sonrisa
limpia, a esa mujer
de cabello blanco
que vive al otro lado.
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