La encontró sin vida
los ojos abiertos,
la boca clavada.
No sintió pena, nada,
sólo vacío.
Jugó demasiadas veces
con la loba en su morada,
pero la naturaleza indómita
impone sus condiciones
y la fiera quiso desgarrarla.
Las fauces del engendro
la acechaban como dagas,
pero ella siempre fuerte
permaneció serena y pausada,
hasta que la loba sibilina
retrocedió lamiéndose las patas.
Sin mirar atrás,
dejó a la loba en su guarida
mordiéndose la cola
y al salir halló un mundo nuevo,
libre de agresiones
y de mordidas inesperadas.
Cuando regresó al hogar,
la desgraciada yacía desollada,
alguien a quién propinó muchas dentelladas
le dió muerte
y sin remordimientos la abandonó,
haciéndole pagar el precio de las marcas
que sus dientes habían grabado
a fuego sobre su espalda.