La sentencia está escrita
no hay vuelta atrás,
mi juicio ha terminado
y tengo un veredicto.
Yo soy mi juez
y mi verdugo.
Implacable,
aplico la pena merecida
y me ejecuto sin piedad.
Me declaro culpable
por unanimidad,
no hay vuelta atrás,
ya no sirve el arrepentimiento
ni las súplicas para perdonarme.
Yo soy mi juez más feroz
mi crítica más acérrima,
el último voto del jurado
que poseo como único
miembro autorizado para tal fin.
Todo acabó para esta acusada
culpable de su propia perdición,
que de su propia mano
se condena y no permite
su absolución.
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