Recojo mendrugos de pan
del suelo mojado, me los guardo
en el bolsillo como si albergase
el mas valioso de mis tesoros.
Recorro las calles lluviosas
sin más equipaje que mi periódico
y unos viejos cartones
que me sirven de improvisada cama
cuando no encuentro un soportal
en el que guarecerme.
Le canto a la luna
que me proteja de las solitarias
y frías noches a oscuras
mientras saboreo
mi arrugado cacho de pan
contando migas
igual que cuento las horas
de la noche
y al otro día
otra vez vuelta a empezar.
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