Cosí pétalos a tu espalda
en el verano de nuestra vida
y deslice mi mano sobre tu torso
para quedarme impregnado de ti.
Bebí de la savia
que emanaba de tu raíz
para nutrirme con tu esencia
que huele a miel y jazmín.
Tus brazos son ramas enraizadas
envolviendo mi cuerpo,
recorriéndolo de principio a fin.
Llevo tu olor a donde quiera que voy
y lo busco en todas partes
cuando te alejas de mi, esquiva
y desafiante, volando a otros brazos
sin reparar en mis torpes acercamientos.
Cuando llega el atardecer
regresamos los dos al mismo jardín,
tu tendida sobre las flores
y yo entregándome a ti.
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