Los gráciles brazos, las tibias miradas,
me envuelve el velo de tus caricias
despojandome de mis artificios;
desnudando mis sentidos
mis instintos primitivos,
los fuegos que emanan desde el centro
de mi ombligo, candentes y voraces.
La habitación arde en llamas
Y nosotros consumidos
nos convertimos en cenizas
desperdigadas sobre las sábanas.
Tu abrazo aprisiona mi piel, mis labios,
los contornos de mis caderas y ata
mis tobillos marcados a los tuyos.
Y así nos quedamos serenos,
fusionados, casi adormecidos.
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