La herida de mi frente morada
la curé con agua de hierbabuena
y con paños bañados de aceite
cubrí las brechas de color carmesí
que brotaban de los bordes de sus entradas.
Con la falda arremangada hasta las rodillas
me eché al río verde azulado de aguas removidas;
las salamandras, pícaras juguetonas,
me mordisqueaban los tobillos rotos
y los peces en un gran corrillo, muy animados,
daban brincos hasta las plantas de mis pies.
La corriente me arrastró sin remedio,
me engulló con un hambre voraz
llevándome hasta lo más hondo del río,
donde las piedras y los cangrejos
esperaban impacientes un baile conmigo.
Entre danzas y cortejos de alegre brío
se regocijaban las gusarapas y los caracolillos
arremolinándose alrededor de mi cuerpo caído.
Cuando desperté aturdida en la otra orilla
las libélulas me susurraban secretos al oído,
los misterios y leyendas de esas aguas vivas
que guardaban tesoros a buen cobijo.
La hierba me acariciaba el rostro con suavidad
como un amante acaricia a su amada
y la brisa, dama etérea de vestido transparente,
delicada hermana del viento, besaba mis ojos llorosos
la curé con agua de hierbabuena
y con paños bañados de aceite
cubrí las brechas de color carmesí
que brotaban de los bordes de sus entradas.
Con la falda arremangada hasta las rodillas
me eché al río verde azulado de aguas removidas;
las salamandras, pícaras juguetonas,
me mordisqueaban los tobillos rotos
y los peces en un gran corrillo, muy animados,
daban brincos hasta las plantas de mis pies.
La corriente me arrastró sin remedio,
me engulló con un hambre voraz
llevándome hasta lo más hondo del río,
donde las piedras y los cangrejos
esperaban impacientes un baile conmigo.
Entre danzas y cortejos de alegre brío
se regocijaban las gusarapas y los caracolillos
arremolinándose alrededor de mi cuerpo caído.
Cuando desperté aturdida en la otra orilla
las libélulas me susurraban secretos al oído,
los misterios y leyendas de esas aguas vivas
que guardaban tesoros a buen cobijo.
La hierba me acariciaba el rostro con suavidad
como un amante acaricia a su amada
y la brisa, dama etérea de vestido transparente,
delicada hermana del viento, besaba mis ojos llorosos
inmersos en penas encadenadas como hierros ardiendo.
En la orilla del río de mis lágrimas brotaron mariposas
y mi ombligo floreció con la llegada de la primavera;
todo mi cuerpo transformado en árbol de cerezo
por el embrujo de aquellas aguas de riquezas ocultas.
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