El llanto,
turbio y agitado
suena como eco
en las paredes de la casa
del viejo Pancracio.
Hombre sabio
y desdentado
con sonrisa liviana
y traje de harapos.
Tumbado en la cama
escucha los pasos
atropellados, las balas,
las salpicaduras
de la muerte
que pintan las ventanas,
el quejido de los que caen,
las súplicas
amortiguadas por la bayoneta
y la mente atormentada
del inocente
que encuentra su escondite
bajo la cama.
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