El sol
dibuja palmeras
sobre el horizonte.
Me tumbo sobre ellas
y ellas mecen mi cuerpo;
alrededor mío
las libélulas
bailan con el sol.
Como quisiera dormir
cientos de años
en un sueño de quimeras
y luces
apaciguada bajo su calor.
El sol
dibuja palmeras
sobre el horizonte.
Me tumbo sobre ellas
y ellas mecen mi cuerpo;
alrededor mío
las libélulas
bailan con el sol.
Como quisiera dormir
cientos de años
en un sueño de quimeras
y luces
apaciguada bajo su calor.
Fantasmas de ciudades
en descomposición.
Sociedades en caída libre;
corruptas, alienadas,
con destino hacia el abismo.
Ilusiones rotas en el asfalto,
deshechos de estructuras perecederas
construidas con manos de hierro.
La humanidad perece
entre gigantes de ladrillo.
¿Es posible albergar la esperanza
de un futuro para el individuo,
para ese animal social
que se autodestruye sin remedio?
Le canto al niño
que juega en la playa
dibujando barquitos
en la arena mojada.
Las olas del mar
traen su cuna de oro
decorada con conchas
y caballitos de mar
para mecer al niño
en su pecho de sal.
Le canto al niño
una nana al atardecer
mientras el océano
inunda sus castillos
de arena y él travieso
recoge moluscos y piedras.
El niño se viste de algas
y corales
y baila por la playa
mezclándose con las gaviotas
que se asientan en los arenales.
Despídete mi niño del mar,
mañana nos espera
en la orilla de la playa
para volver a jugar
entre cielos azules
y atardeceres dorados.
En la calle
veo los cuerpos flotantes
de los viandantes.
Tristes, lánguidos,
atenazados por la duda
y el miedo desbocado,
caminan vacíos de sueños
con el corazón arrancado,
hecho harapos
y piedras en los zapatos.
Conectarse con el otro,
empatizar con su dolor,
es un pecado
castigado con el destierro.
Montes regados de moras negras;
negras como el alquitrán
y negras como la tierra quemada.
El monte aúlla en el cenit
de su oscuridad, las manadas
huyen espantadas
por los gigantescos monstruos
que escupen furiosos
sus llamaradas
en todas direcciones.
La tierra una vez fecunda,
es hoy un monte maldito,
estéril, donde perecen
sus criaturas, sus hijos;
los hijos del monte
despedazados
por indolentes jaurías humanas.
Montes,
bendición sagrada de la tierra;
proteged a los vuestros
y a vuestras riquezas
de las manos impías
de aquellos que os cubren
de carbón y llanto.
Roza el cielo de mi boca
una cereza que te pertenece.
Cientos de veces
rezo para que la encuentres.
Cientos de veces sueño
imaginando a tu dulce aliento
alcanzar el cenit
cuando se encuentra con el mio,
mientras la cereza reza
para que nuestros labios
encendidos la acaricien.
El delirio de los exhaustos,
presos de la inercia
y el desengaño, esclavos
del capricho ajeno.
Los emperadores del mundo
gobiernan sus tierras, ambiciosos
soberanos sedientos de tiranía,
nefastos huéspedes en casa
de un pueblo amordazado.
Brota libertad, libera
al condenado de sus cadenas;
devuelveles la tierra, empodera
su palabra y haz prevalecer su triunfo
sobre los opresores del pueblo.
La luz que ilumina las mañanas es la misma para todos, pero nunca será dos veces igual para nosotros. Pre-implantes de un futuro sobreactu...