Llama a la felicidad,
retenla en una urna de cristal
por si se le ocurre alguna vez escapar.
Admírala
sin llegar a tocarla,
que no se rompa
ni se manche;
no trates de cogerla,
es huidiza, fugaz,
podría escurrirse entre tus dedos
y desvanecerse sin más.
Contempla su brillo,
venérala
pero no trates de comprenderla;
ámala hasta que se extinga
como la llama de una vela.
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