Me cubro con una máscara
la cara cubierta de alfileres,
yo misma me los prendí,
en los puntos donde más duele.
El dolor que arrastro
lo soporto por propia voluntad.
Nadie me impuso penitencia,
ni recibí castigo alguno
excepto el de mi conciencia.
Es una máscara perpetua,
que oculta mis secretos
y vergüenzas,
por cada alfiler una afrenta
y una pena que llevar a cuestas.
La máscara me refugia del mundo,
de las miradas ajenas;
es una coraza segura
donde ocultar mis miserias.
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