Falleció una mañana de diciembre
con las cejas cubiertas de nieve;
una mano sobre el pecho
vestido de terciopelo
y la otra acaricida
por su carcelero.
Una mira compasiva,
tierna, casi condescendiente
recorrió su rostro severo
como un padre
que observa desde la distancia
la caída de su hijo
y espera con paciencia
que se levante de nuevo.
Cubrió su cuerpo solemne
con una sábana gruesa
para que no sintiera
el frío de la muerte
en sus costillas;
acompañándole
hasta el último suspiro,
sosteniéndole
en la más difícil
de sus partidas.
Su cuerpo rígido
le pareció una escultura cincelada
de autor desconocido;
la palidez de su piel
semejante a una gracia de Rubens
y en sus ojos vacíos
todavía pudo sentir
el dolor del abandono
y el eco
ensordecedor de sus reproches.
Una mañana de diciembre
en la soledad
del mausoleo familiar
se despidió el preso
de su fiel carcelero.