Sentada en la falda de la ladera
soplando dientes de león
pude ver al sol sonreírme
y como dos viejos amigos
conversamos durante horas.
Recibo llamaradas
que contienen secretos, mensajes
ocultos a través del fuego,
él recibe mis alabanzas
y una ofrenda
para que brille siempre
fecundo y eterno.
El sol no quiere regresar a su hogar,
prefiere charlar conmigo
hasta la medianoche, su brillo
ilumina la madrugada
tiñendo de luz las montañas
que le muestran agradecidas
sus mejores galas blancas.
Yo soy la última moradora,
protectora de la naturaleza,
el sol descansa en mis manos,
vigilantes
de su perturbadora belleza.
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